Días tan curiosos, días tan extraños en los que
abrir de nuevo los ojos no es más que la excusa para vivir una cadena de
sucesos que resultarán bastante extraños cuando los cuente. Me levanté y me
arreglé como cualquier otro día sin caer en cuenta que iba un poco tarde,
parecía una venganza de mi despertador hacia mí por cada vez que lo golpeé
cuando interrumpía mis sueños. Esos sueños que uno anhelan que nunca acaben,
esos que enamoran, que iluminan, que alegran, que enamoran. En fin, procuré
demorarme lo menos posible en salir de casa para que no me retrasara más de lo
que ya estaba. Alisté mis materiales, me puse mi chaqueta y mis botas de
invierno para ahuyentar un poco el frío, y emprendí mi camino hacia el TransMilenio.
Qué tortura representaba para mí el tener que hacer uso de un transporte
público tan poco agradable para cualquier ser humano, uno donde los empujones,
la grosería y la falta de cultura son el pan de cada día.
Caminé las cinco o cuatro cuadras que hay de casa
a la estación donde suelo coger el bus, iba de prisa pero procurando no mojarme
con el tremendo aguacero que estaba cayendo. Parecía que me hubiera levantado
con el pie izquierdo, parecía que fuera a vivir uno de esos días de locos donde
lo más inusual suele ocurrir. Me dispuse a hacer la fila para comprar mi
tiquete pues había unas tres personas antes de mí, y me sentí un poco más
tranquila. El problema fue que llegó el transporte que me servía para llegarme
a la estación donde haría el transbordo, pero claro, como era un día de aquellos
extraños, la fila no se movió y el bus por su puesto se fue. Qué rabia la que
tenía, parecía que todo conspirará en mi contra aquel día, pero como tenía que
llegar a como dé lugar, dejé de pensar tanto y me dispuse a esperar otro.
Cuando llegó me di la bendición y elevé una plegaria a ver si el cielo me
ayudaba a llegar antes de que la clase iniciara.
Empezó el martirio y la tortura china cuando el
bendito reloj del TransMilenio me recordaba sin cesar que ya solo faltaba media
hora para que fuera la hora de mi clase, pero lo peor era que ni siquiera había
llegado a la estación donde cogería el otro bus. ¡Qué día tan loco, el tiempo
se empeñó en ser mi peor enemigo! En medio de mis locos pensamientos, noté que
había llegado y entonces corrí como pude a esperar el segundo bus. Para mi
desgracia este también decidió demorarse varios minutos, unos que a mí me
parecieron horas. Al llegar procuré entrar deprisa para coger una silla y poder
sentarme, esa corredera me dejó muy agotada. Al parecer las cosas empezaban a
mejorar aquel día, hasta que dos hombres empezaron a gritar. Gritaban y
gritaban como si estuvieran locos, discutían porque uno empujó al otro y
estuvieron a nada de cogerse a puños. Yo estaba aterrada, estaba muerta del
susto ya que no estaba acostumbrada a ver semejantes espectáculos, pero en
medio de todo me puse a pensar de nuevo y concluí que era muy triste ver todo
eso, la indiferencia de la gente no se hacía esperar. Claro, qué podía esperar
yo de la sociedad en la que vivimos, una que no ve más allá de sus intereses y
sus preocupaciones, esos gritos parecían ser escuchados solo por unos pocos,
unos preocupados porque la discusión pasara a mayores.
Finalmente y contra todo pronóstico llegué a
tiempo, bueno está bien, llegué con unos diez minutos de retraso. Pero
finalmente lo único que pude reflexionar al terminar el día es que las
casualidades no existen, que todo sucede por alguna razón, nada pasa en vano y
cada cosa que vivimos es para nuestro constante crecimiento, para aprender, para
mejorar, para ser más humanos. Al final creo que es eso lo que olvidamos, ser
lo que somos: humanos, personas con necesidad de afecto y solidaridad. Ese es
el valor que debemos recobrar la solidaridad, la que ya no se ve ni se percibe
en casi ningún rincón de eta fría ciudad. Y en medio de todo, y por si les
interesa saber, cuando llegué a clase me enteré que la habían cancelado.
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