Un cuatro de marzo de 1993 nací yo, no era nadie especial ni
sobresalía entre la gente. Bueno, eso era lo que yo pensaba. Fui creciendo pero
me sentía un poco sola, en casa eramos solo papá, mamá y yo. No puedo decir que
era infeliz ni nada de eso, pero había algo que me hacía falta.
Un día cualquiera iba camino a casa de mi abuelo como en
cualquier otra ocasión, pero hubo algo que llamó mi atención y tuve que detenerme un instante. Había allí
en ese parque por el que pasaba una feria de mascotas. ¡Cómo anhelaba yo una!
Pero de inmediato recordé que mi mamá no los permitía en casa.
Seguí observando a esas criaturas peludas que cada vez me
gustaban más, pero hubo una en especial (y por motivos que aún no entiendo),
que cautivó mi corazón. Un cachorro blanco con machas cafés que me miraba mientras
batía su colita. ¡Lo quería, como lo quería! Y entonces volvía a mi cabeza la
imagen de mi mamá diciendo una y otra vez que yo jamás podría tener un perro en
casa, que para eso estaba la finca de los abuelos. ¿Qué podía hacer? Pensaba
yo.
Un arrebato de locura me llevó a cometer el mejor error de mi
vida, la peor desobediencia del mundo; llevar a Manchas, mi nuevo mejor amigo,
a casa y así llegó el día en que la soledad me abandonó. Si quieren saber qué
pasó con mi mamá, pues deben saber que ese perro la miró a ella con el mismo
amor con el que mi miró a mí aquella vez en el parque, y la enamoró como solo él
sabe hacerlo.
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