domingo, 26 de mayo de 2013

Entre el sol de la mañana y la luna de la noche


Yo amo a mis abuelos, los amo con todo el corazón porque son las mejores personas que conozco, son ese toque mágico y alegre que hacen mi vida tan maravillosa. Son esas personas que te dan $20.000 para comprarte un dulce, son esas personas que ya fueron padres que criaron a sus hijos, y que ahora se dedican a malcriar a los hijos de sus hijos.


Mis abuelos tienen una finca hace más de treinta años, la compraron con mucho esfuerzo con la esperanza de que fuera el lugar de reunión de la familia y el lugar perfecto para la diversión. Yo no tengo tantos años como los tiene la finca, pero desde pequeña me han traído aquí, casi que nazco aquí, con eso les digo todo. No era sino que fuera viernes después del colegio, para que mis abuelitos estuvieran esperándome en esa enorme camioneta para partir hacia el que para mí era mi lugar favorito. Y, ¿cómo no iba  a serlo si era el sitio donde estaban mis escondites preferidos, mis animales, mis juguetes y mis secretos?


En la finca de mis abuelos fui feliz, aprendí a amar y respetar lo que para mí es lo más grande del mundo; la naturaleza. Recuerdo a mi abuela enseñándome a sembrar árboles, a mi abuelo enseñándome a ordeñar y no quedaba más que reír y ser feliz. Aún vengo, no con tanta frecuencia claro, pero lo hago. Ya no juego en la casa de muñecas y no porque no quiera sino porque ya no quepo, ya no siembro árboles, ya no me escondo, ya he perdido un poco de lo que tanto amaba antes. He crecido y con la edad he ido cambiando mis prioridades y mis gustos, pero sí hay algo que nunca dejaré de disfrutar al venir aquí, es ver a mis abuelos reír, despertarme con el canto de los pájaros o con el saludo efusivo de los perros,  sobre todo  siempre sabré ser inmensamente feliz estando entre el sol de la mañana y la luna de la noche de mi lugar favorito.

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