Yo amo a mis abuelos, los
amo con todo el corazón porque son las mejores personas que conozco, son ese
toque mágico y alegre que hacen mi vida tan maravillosa. Son esas personas que
te dan $20.000 para comprarte un dulce, son esas personas que ya fueron padres
que criaron a sus hijos, y que ahora se dedican a malcriar a los hijos de sus
hijos.
Mis abuelos tienen una finca
hace más de treinta años, la compraron con mucho esfuerzo con la esperanza de
que fuera el lugar de reunión de la familia y el lugar perfecto para la
diversión. Yo no tengo tantos años como los tiene la finca, pero desde pequeña
me han traído aquí, casi que nazco aquí, con eso les digo todo. No era sino que
fuera viernes después del colegio, para que mis abuelitos estuvieran
esperándome en esa enorme camioneta para partir hacia el que para mí era mi
lugar favorito. Y, ¿cómo no iba a serlo
si era el sitio donde estaban mis escondites preferidos, mis animales, mis
juguetes y mis secretos?
En la finca de mis abuelos
fui feliz, aprendí a amar y respetar lo que para mí es lo más grande del mundo;
la naturaleza. Recuerdo a mi abuela enseñándome a sembrar árboles, a mi abuelo
enseñándome a ordeñar y no quedaba más que reír y ser feliz. Aún vengo, no con
tanta frecuencia claro, pero lo hago. Ya no juego en la casa de muñecas y no
porque no quiera sino porque ya no quepo, ya no siembro árboles, ya no me
escondo, ya he perdido un poco de lo que tanto amaba antes. He crecido y con la
edad he ido cambiando mis prioridades y mis gustos, pero sí hay algo que nunca
dejaré de disfrutar al venir aquí, es ver a mis abuelos reír, despertarme con
el canto de los pájaros o con el saludo efusivo de los perros, sobre todo
siempre sabré ser inmensamente feliz estando entre el sol de la mañana y
la luna de la noche de mi lugar favorito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario